La esfinge

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Una de las notas diferenciales entre el animal y el hombre, a lo que colegir podemos, es la facultad que tiene este último de dirigirse a sí propio las tres famosas preguntas de "¿quién soy?", ¿qué fui ayer? y ¿qué seré mañana?

Todos, desde el escéptico o el positivista más cerrado, hasta el soñador más iluso, se plantean a diario, bajo una u otra forma -principalmente bajo la forma del “nosce te ipsum” socrático-, problemas sintetizados en dichas tres interrogaciones pavorosas, tanto, que sin ellas ni aun la vida misma se concibe siquiera.

¡Qué de horas y más horas pasadas en los trabajos más o menos mecánicos e ilógicos que nos aseguran el cotidiano pan material que a los irracionales con mayor o menor esfuerzo les depara la Naturaleza, y cuán pocas empleadas, en cambio, a nuestro gusto en esa primera tarea verdaderamente racional y científica que se resumen en las tres clásicas preguntas de “quién somos, de dónde venimos y adónde vamos”.

Pues todo esto y mucho más que por la brevedad omitimos, acarrea como corolario lógico el que la Ley de Evolución abarca todo el Cosmos, o bien que el Cosmos “todo conspira a una finalidad suprema”, con arreglo al viejo criterio teológico de los filósofos griegos y dentro del verdadero concepto de “Cosmos” o “Armonía”, concepto en el que se enlazan “lo vario” y “lo uno”.

¡Y no obstante, nuestro cretinismo nos quiere hacer pensar que en aquel corpúsculo empieza y acaba todo! ¿No sería preferible a esto el que viviésemos y muriésemos en perfecto estado de bestias?...
Pero, no; esto ya, felizmente, no puede ser, por cuanto la Naturaleza, en su progreso evolutivo, va cerrando tras cada ser las puertas del pasado, para empujarle y que abra él por sí propio las del porvenir, por lo que, si ayer, en nuestro cuerpo físico al menos, pudimos ser animales, y aun ahora tengamos no pocas reminiscencias y conexiones con ellos, hoy ya es diferente nuestra evolución como hombres, y mañana esta evolución nos habrá de llevar a otros estados superiores aún, al tenor del axioma cabalista de que el mineral, con la evolución, se transforma en planta; la planta, en animal; “el animal, en hombre; el hombre, en un espíritu, y el espíritu, en un dios”.

MARIO ROSO DE LUNA, fue un astrónomo, periodista, escritor, teósofo y masón español.
Se definía a sí mismo como un “teósofo y ateneísta” y como tal miembro del Ateneo de Madrid, trató con personajes como Miguel de Unamuno y Valle-Inclán.
Como teósofo, tradujo al castellano las obras de H.P. Blavatsky.
Como masón, fue iniciado adoptando el nombre simbólico de “Prisciliano”, en la logia “Isis y Osiris”, de Sevilla, siendo V. M. Diego Martínez Barrio. Destacó por su defensa de una masonería sin ingerencias de la política y en contra del fanatismo religioso. Recibió los grados filosóficos hasta el 33º.
Hijo único, influyeron mucho en su educación, sus tíos Mario (poeta) y Manuel (astrónomo).
A los 17 años sufrió una enfermedad, semejante a la meningitis, que superó cuando ya estaba desahuciado.
Fue doctor en Derecho por la Universidad Complutense y licenciado en Ciencias Físico-Químicas.
Como astrónomo, descubrió un nuevo astro, de la constelación del Auriga que fue inscrito por decisión de la Academia de Ciencias de París como “Cometa Roso de Luna”.
Escribió varios libros, agrupados en la llamada “Biblioteca de las Maravillas”